
... desde que se marcho mi madre para siempre, pero esta vez si: cogida de la mano, rodeada y arropada del cariño de todos y cada uno de sus cinco hijos. Tres meses me costo volver a entrar en esta casa en la que hoy, ahora ya si, por fin siento una paz infinita, y que hace 365 dias era un infierno de angustia, penas y lagrimas. Cierto es que de vez en cuando, como ahora, aqui me da por llorar pues no termino de acostumbrarme del todo a ver sus cosas: oler su colonia aun en la mesilla, abrir su armario o regar sus plantas me siguen encogiendo el corazon... pero el transito de aquel estado de ansiedad al actual de tranquilidad hace que me sienta, casi, levitar. Ademas... lo mas grande de todo, lo que mas agradezco y (creo) que me ha proporcionado dosis adicionales de entereza y de fortaleza es que esta vez no tuvo que esperarme: no llegue tarde... como me sucedio con mi padre, asi que pude regalarla en sus ultimos dias todos los besos, todas las caricias que tenia atrasados y dejar definitivamente de lado la distancia fisica (no sentimental) que durante los ultimos quince años reino en nuestras vidas.
Tuve la fortuna de poder sentarme a solas con ella en su cama del hosppital de Madrid, de acompañarla en su ultima noche, de contarle cosas, de como iba mi vida, de hacerla promesas imposibles... sin importarme que estaba sedada: como si me escuchara y la interesara. No se a ella... pero a mi me ayudo a desahogar e hizo mucho bien y fue en aquella tetrica tarde-noche de un Halloween, tan triste y real como la vida misma, de hace un año, cuando volvimos a enfrentarnos de nuevo con la gran tragedia de la vida. Fue entonces cuando abrio los ojos por ultima vez: una mirada profunda, serena, detenida y firme... sin pestañear, en la que casi podiamos vernos dentro, para cerrarlos despues para siempre: estoy convencida... de que fue su particular despedida. Un año desde que se fue mi madre: tan blanda y tan fuerte, tan estricta y tan cariñosa, tan intransigente y tan sensible; fatal de todo... pero de cabeza intacta y perfecta. Un año desde que mi madre dejo de vivir... pero tambe de sufrir.
Tuve la fortuna de poder sentarme a solas con ella en su cama del hosppital de Madrid, de acompañarla en su ultima noche, de contarle cosas, de como iba mi vida, de hacerla promesas imposibles... sin importarme que estaba sedada: como si me escuchara y la interesara. No se a ella... pero a mi me ayudo a desahogar e hizo mucho bien y fue en aquella tetrica tarde-noche de un Halloween, tan triste y real como la vida misma, de hace un año, cuando volvimos a enfrentarnos de nuevo con la gran tragedia de la vida. Fue entonces cuando abrio los ojos por ultima vez: una mirada profunda, serena, detenida y firme... sin pestañear, en la que casi podiamos vernos dentro, para cerrarlos despues para siempre: estoy convencida... de que fue su particular despedida. Un año desde que se fue mi madre: tan blanda y tan fuerte, tan estricta y tan cariñosa, tan intransigente y tan sensible; fatal de todo... pero de cabeza intacta y perfecta. Un año desde que mi madre dejo de vivir... pero tambe de sufrir.
The Bangels -






